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martes, 3 de mayo de 2011

Heracles Inquira

Hercules killing Centaur Nessus. (marble by Gi...Image via Wikipedia
El ser no es. El ser Se da como el desocultar del estar presente.

(Sería necesario poder imaginar a Hércules caminando a solas los peñascos, escalando de ser necesario. Una mala piedra, una falsa indicación de resguardo. Y Hércules sale del escenario. Sale del espectáculo.)

Silencio.- Mira! Aquí se acerca ya, el sonido del ser! Es su canto el que escucho. Sí, escucha! Es su canto el que escucho. Qué explosiones! Pareciera que las piedras retumban. Incluso las piedras! Las piedras retumban! ¡Sí! Se aproxima! ¡Las piedras que toleran sus piernas se regocijan también ante su canto! ¡Pronto! Enlista sus corceles alados, que su señor ya se aproxima. No querrás entorpecer su marcha hacia al gran abismo que pretende ¿cierto? Porta la insignia de tu misma fragua, los trozos de carbón con que circuncidaron su alma son tus propios suspiros e inhalaciones, cada exclamación brilla con el brillo del sol, pero, escucha, es él, es distinto. Preciso es que aprendas su tesitura, la misma piel de armiño de su aliento; cabalga como el mismo sol, cabalga así como él cabalga. ¡Mira cómo el aire se repliega en ondas de sonido! – ¡Mira como el padre! ¡Sí, incluso el eterno se regocija ante el rostro de su voz! – ¡Ah! Padre Cronos se regocija a su lado, ¡los ríos aletargan su llanto!, ¡las hojas retornan del otoño! ¡La tierra reverdece desde las cenizas de sus muertos! Todos los seres se levantan para disfrutar entre dos tierras sus piernas, entre sus risas y recodos. Míralo, ahí viene, Hijo de Hombre.

Sonido.- ¡Puff! ¡Tu Melancolía! ¡Hijo de Hombre! Creo que otra vez desvarías. ¿Cómo podría él venir después de tanto tiempo? La orden de esperarlo… ya era insensata… pero tú, ¡Tú! ¡Tú no haces sino cantar la realización del anunció! Ojala el viento se apiadara de nosotros, que callara un sólo instante, sí, un sólo instante que callara la furia de su llanto, de su ira desatada, que callara para romper el hielo que cubre de metal su cuerpo. Ojalá sus cadenas perdieran la frialdad del hielo que las recubre. Ojalá el propio Titán hablara de nuevo. Ojalá la piedra de sus labios volviera a llover. Pero no. Sólo el viento que lacera el agua y tu maldita alegría. Eres el peor compañero para le eternidad de esta espera.

Silencio.- ¿Melancolía? ¿Es acaso culpa mía que recuerde el sonido del sol? ¿Qué recuerde el calor del aliento entre mis costillas? ¿Es pecado recordar el aliento de su cuerpo? Que la tierra nos dejara aquí, alado de éste, no significa que nosotros tuviéramos que quedar también encadenados. Qué tú así lo hayas querido, pues bueno, así lo quisiste. Yo no. Soy más que lo que añoro, podría brillar por milenios enteros antes de entregarle mi secreto al hijo del hombre, pero créeme, hermano, que hoy, cuando te digo que está aquí, aquí mismo, es hoy mismo. ¿No escuchas en verdad como los ríos subterráneos se regocijan aún más profundos que nosotros? ¿No sientes otro abrigo más cálido entre cada uno de tus contoneos? ¿En verdad no sientes como la tierra retorna desde el abismo? ¡Ah!, en verdad te digo que lo que antes vio la luz la volverá a ver. La tierra quedará de nuevo ante sus pies, seremos uno y uno mismo.  Entonces él nos llevará consigo.

Sonido.- Por un sólo día te quisiera creer, pero tanto te he creído que se me acabó todo por creer. La muerte es eterna, más si nunca fuiste mortal. Sólo fui aliento de aquél ladrón que robo el fuego. Tú solo fuiste su meditación. Muero por estar muerto de mi mismo. Tengo tanta tierra pero no toda como para dejarte de oír. Ojala por una vez fuera cierto. Ojalá por una vez dijeras razón. Tiempo. Que por una vez, mas de tiempo, tuvieras tus sacramentos.

Silencio.- ¡Ah! Conque es tiempo todo lo que recuerdas. ¡Ay! Pero ojalá tuvieras espaldas para tenerte donde voltear. Para voltearte y volverte a escuchar. ¡Pero No! Naciste sin oídos hermano, esos soy yo aquí entre tanta tierra, piedra e instante revuelta.

Sonido.- Tu lamento siempre me hace cederte la antigua elocuencia del aire a mi alrededor. Más que viento fui aroma, y, más que aroma, era la misma flor. Fui la abeja que tejí tus ojos, vi sus ojos en el mismo aroma líquido que le doné. Te doné mis pasos y mis brazos, hermano, fui por ti un silencio, ¡fui mi propia muerte en mi temporal!
¡Ay! ¡Por ti hermano! ¡Por ti volvería a creer! ¡Si tan solo pudiera escuchar eso mismo que tú haces!

Silencio.- Nademos juntos hermano, retornemos al agua del abismo. Que la tierra sea tragada por la propia laguna del olvido. ¿Escuchas? ¡¿Escuchas?!

Ambos.- ¡Es el estruendo humano! ¡Es el estruendo humano tejiendo el viento en su rededor!

(Todavía con las últimas penumbras de la noche, entra Heracles en el resueno de la grava a sus pies. Bosteza y se despereza.)

Coro de hijas de la Tierra.- Mira, escucha, es la voz quien habla entre todas ellas. Somos quien atiente a sus plantas. Escucha Tú, Semidios, tus propios pasos sobre nuestra piel. ¿Qué no escuchas el estrépito de los infiernos? ¿No recuerdas? ¿Qué no conociste que de Oro es el corazón de la Tierra?

Heracles.- Chispa divina, del monte robado. Pero lo que antes fue cumbre ahora es abismo. Las cadenas que laceran son las letras de mi propio cuerpo, mi voz, mi destino de poeta, mi destino de fundador. Un recuerdo, su aullido desolado. Hemos mentido demasiado, es cierto, pero ahora mi bronce será verdad. No importa quiénes o qué sean, aún sea un divino el que se interponga, que si mi destino es, sea de ser divino, vivir ageno a mis propios pasos. No soy yo quien deba lamentarlo. Destino mismo, no soy yo quien deba lamentarlo. No será mi sangre la que llore sobre estos territorios.

Coro de hijas de la Tierra.- Mira, escucha, es la voz quien habla entre todas ellas. Somos quien atiente a tus plantas. Semidios, ¿crees realmente que podrás con los hijos de Zeus, Ellos, que te interpondrán sus divinas razones? ¿Con tu carne humana, podrás romper sus armas? Tomaron lo mejor de nosotras, y, de en medio de su fragua, con el fulgor divino, tejieron las resistentes palabras que portan, bellas armaduras de adamanto en su pecho y en sus brazos. Sólo requieren de tu sangre para ser eternas, para pervivir a toda memoria u olvido; es el último elemento que requieren. Mira, escucha. Buscas al antiguo Titán, fatuo hermano de Epimeteo. Olvídalo también. No sea que encuentres una tumba a su lado, entre nuestras costillas. No sea que incineren tu nombre entre sus llamaradas de celo y envidia.

Heracles.- Héroe soy, y héroe he sido. Camino oscuro entre estos oscuros precipicios, pero ¿dónde podré hallar, finalmente, la roca que pende del abismo? No sé si me hablan a mí, las escuchó más que no puedo silenciarlas, pero, si antes no las atendí, ¿por qué hoy tendría que escucharlas? ¿Mirar? ¿Mirar qué? ¿Celos y envidia? ¿De quién? Aquí solo estoy yo. Maldita locura que me susurra sueños divinos. ¡Mágicos dones conferidos en el vientre de mi madre! ¡Bah! ¿Quién podría permanecer salvo entre todos sus cantos de martillo y cincel? Confío en mi brazo, confió en el filo de mi espada y de mi cuchillo. Confío en mi escudo. ¿Qué tendría que confiar a ustedes sombras del suelo, vientos de la pared? Un día yaceré entre ustedes, pero ese día no será hoy.

(pensamiento)

Coro de hijas de la tierra.- Mira, escucha, es la voz quien habla entre todas ellas. Somos quien atiente a tus plantas, escucha tus propios pasos sobre nuestra piel. ¿Qué no has escuchado el estrépito de los infiernos? ¿Qué no conociste que de Oro es el corazón de la Tierra? ¿Escuchas el sol que se aleja? ¿Escuchas cómo el tiempo sopla sobre nuestros hombros, a ambos costados? Es el mensajero del abismo. Y no vendrá sólo, con él viene el hijo de la guerra, el sediento vampiro de la hermana mortandad. Sus tambores desde siempre resuenan en tu alma. Mejor sería que te guarecieras entre nosotras si no quieres desfallecer ante su sólida presencia. ¡Rápido! ¿Qué aguardas? La noche es aún más propicia para esos dos, tus dos cuervos, tus homicidas hermanos.

Heracles.- ¿Hermanos míos dicen?... ¡Basta! No di crédito al darle la espalda a la boca del Hades, ¿qué crédito tendría que concederles hoy? Vienen a advertirme que tema de ellos, que me preocupe del celo de los dioses, aquellos que una y otra vez me abandonaron. No soy yo su risa ni son ellos mi tormento. ¡Basta! ¡Dejadme en paz! Sólo requiero silencio durante mi marcha.

(Truenan los estruendos de Tormenta entre las cumbres desérticas llenas de humana desolación.)

Rápido, calla. Procúrate tu dichoso silencio entre nosotras, que ellos están aquí. Muere aun cuando sea este instante si no quieres morir todo de una vez. Entiende que nosotras así no lo queremos.

(Ante el estruendo que no cesa Heracles se guarece entre las piedras. Aparecen cada uno por un costado Hermes y Ares.)

Hermes.- ¡La tormenta acontezca hermano! ¿De dónde vienes?

Ares.- Seguramente de altares aún vedados a los dioses imberbes.

Hermes.- Suponíamelo, ¿cómo no? Pero ¿sabes?, bueno sería que en lugar de afilar tus espadas, afilaras tu boca y tus dientes, así, tal vez, tendrías un rostro digno para tallar el mármol con tu aliento y no con el rostro de tus hijos y amantes.

Ares.- ¡El sofista! No vengo a departir contigo en tus absurdos chistes. Padre me dijo que te protegiera.

Hermes.- Pues será de ti mismo y de tu estupidez.

Ares.- Heracles se aproxima al túmulo de Prometeo. Sabes que Padre no lo podría permitir.

Hermes.- ¡Por favor! Dime algo que no sepa. De lo contrario limítate a encender el fuego de tus ojos, que tu boca simplemente es de piedra, no descalabres mi concentración.

Ares.- ¿Concentración de qué? Mocoso, charlatán, comerciante del aliento de Padre y de mis hermanos. Si no fuera tu madre quien te protege, tiempo hace que yacerías entre las piedras de sus entrañas, igual que éste ladrón. ¿Seguro que es aquí mismo?

Hermes.- Los signos de la tierra no me dejarán mentir, pero ¿de qué sirve que a ti, bestia de guerra, explique los secretos de la verdad?

Ares.- ¿Verdad dices? ¿Conoces? Mas te valdrá limitarte a ser guía si no quieres ver tu carne de niña lacerada por mi divino acero. Ese Heracles no tarda en aparecer y será mejor que tus malditos signos no me fallen en esta ocasión.

Hermes.- Descuida, que si aparece por aquí, tú, antes que el viento, sabrá del aroma de su sangre. Tendrás hoy un buen banquete para tu deleite, te lo aseguro.

Ares.- Sírveme bien niñita, y también a ti te tocará un poco del vapor de su sangre ante el calor de mi acero.

(Heracles, que contempla el coloquio entre los dioses, tira imprudentemente una piedra por la ladera a sus pies.)

Coro de hijas de la tierra.- Mira, escucha, es la voz quien habla entre todas ellas. Incluso tú no sabrías mis secretos, joven dios.

Hermes.- Calla pervertido, que las piedras hablan. Tu sed de sangre mortal podría avergonzarlas. Preciso es que te limites a ser la fuerza de este acto. De la inteligencia me encargo yo.

Ares.- Inteligencia dices, pero yo sólo aguardo al guerrero, al mítico cazador. Esto es indigno para el hijo del cielo que comanda batallones. ¡Venir a cazar a un pastor de lírica inspiración! ¿A qué? Si tú le lacerarás la mente entre conjuros, drogas y engaños.

Hermes.- So idiota, sabes que Padre le protege aún cuando se aproxime a estos territorios vedados para los ojos del mortal. Si quieres ser bien visto de nuevo por tu madre será mejor que atiendas a mi guía, que incluso tú, señor de la muerte, saldrías herido de venir él con su piel de león como armadura y no como saco de dormir.

Ares.- ¡No me importa ver correr mi propia sangre estúpido! ¿Crees que a lo que a ti espanta, podría perturbar al señor de la guerra?

Hermes.- Calla fanfarrón, te lo suplico. Limítate a tu papel. Vayamos abajo, a buscar un lugar donde preparar el teatro, que Heracles no tarda en aparecer. Ven, si tanto coraje posees préstame tu muñeca.

(Ares tiende su muñeca y Hermes produce un corte del cual brota la dorada sangre divina)

Listo. Sólo se requiere de una gota de sangre divina en medio de la tierra para inspirar los sueños deicidas en aquél. El simple sueño en la conciencia del héroe lo horrorizará, antes de ser cazador y Erinia de los japetidas, no sabrá qué está haciendo aquí.

Ares.- Prometes locura para un hijo de Zeus. Aquí no hay honor. Sí, Madre lo quiere, pero ¿sabes hasta dónde tendrás que llegar para que Padre no nos castigue?

Hermes.- Preocúpate por la escena, no por lo que será el futuro, nada de esto ha sido sin el consentimiento de Padre, todo se resolverá a su tiempo. Además, lo hecho, hecho está. Apenas respire el aliento de estas piedras, todos sus sueños velarán sus propios deseos. Vayamos a preparar el resto.

(Ambos descienden de la escena para preparar lo que será su trampa)

Coro de hijas de la tierra.- Mira, escucha, es la voz quien habla entre todas ellas. Sus pasos se alejan ya, que aun cuando tú no los escuches, ellos marcharan hacia tu fin. Será mejor que atiendas nuestros avisos si no quieres hoy estar muerto.

(Sale Heracles de las piedras que ocultaban su presencia)

Heracles.- ¿Muerto yo? Quien quiera que sean esos dos, no soy yo a quien esas potestades buscan con cuchillo.

Coro de hijas de la tierra.- ¡Ay! Mira, escucha, es la voz quien habla entre todas ellas. No eres tú a quien ellos buscan, pero eres tú de quien el titán no habló, sangre que permanece oscura en medio de los linajes de tu pueblo.

Heracles.- ¿Sangre oscura? Pero si sólo soy un pastor. Llegué hasta estas cumbres buscando a mi hermano perdido. A madre le prometí que lo retornaría con vida. Sean ellos quienes sean, sean tus anuncios el rostro de quien tú quieras. Yo no moriré esta tarde, puedes tenerlo por seguro.

Coro de hijas de la tierra: ¡Ay! Mira, escucha, es la voz quien habla entre todas ellas.
No eres tú a quien ellos buscan, ni eres tú quien tú mismo recuerdas. ¿Hermanos hablas ahora? Siglos hace que cabreros y ovejeros no retornan a estas cumbres desoladas. ¿Qué podría hacer un cabrero entre nosotras las piedras? Escúchanos, hijo del hombre, sus pasos aún recuerdan los cantos de tu misión. Nosotras, la piedras, ¿qué ganaríamos con tu muerte, con tu sangre derramada entre nuestras piernas?

Heracles.- ¡Callen ya! ¡Condenadas! Pastor soy y pastor he sido, aún cuando la razón parezca dejarme este día. ¿Hablar las piedras? ¿Yo escucharlas? He camino oscuro entre mis ovejas, protegiéndolas de perros, lobos y aves de rapiña. No necesito de sus espantos, locas. ¿Dónde podré hallar, finalmente, al verdadero rebaño divino, el amor eterno de mi madre?

Coro de hijas de la tierra: ¡Ay! Mira, escucha, es la voz quien habla entre todas ellas: La roca que pende del abismo. Recuerda hijo de Almena, la amada por el rayo del Olimpo. Es la voz quien habla entre todas ellas: La roca que pende del abismo.

Heracles.- No sé si me hablan a mí, las escuchó más que no puedo silenciarlas. Deben ser esas horribles pesadillas que tuve en el último sueño. Resultaron más oscuras y siniestras que las fauces del Hades mismo. ¿Por qué hoy tendrían que hablarme así, este día? ¿Mirar? ¿Mirar qué? ¿La roca que pende del abismo? Aquí solo estoy yo, esos dos se han perdido entre los barrancos. Maldita locura que me susurra crímenes divinos. ¿Quién podría permanecer salvo entre todos sus cantos de martillo y cincel? Tengan por seguro, espíritus de la tierra que, en cuanto tenga a mi hermano conmigo, pasaran mil años para que los cabreros como él tengan la necesidad de subir hasta éstas, sus cumbres, a escuchar sus desvaríos. Sombras del suelo, vientos de la pared, un día yaceré entre ustedes, pero ese día no será hoy. Alejen su viento sin aliento de mis oídos, debo proseguir mis pasos, un refugio antes de que caiga la noche. Un refugio lejos de ustedes, locas, por si esta tarde no logro encontrar a mi hermano.

(Heracles vuelve a escalar la ladera para perderse del escenario. Se escuchan fuentes correr, cítaras y flautas de cabrero. Un sol de otoño cubre la escena. Entra Dionisio entre canto y baile, detrás de él, un séquito de cabras.)

Dionisio.- Rápido, queridas, que la tarde se aproxima, no querrán callar esta misma noche a mi cuchillo. No callen, se los suplico hermosas. Vengan, canten conmigo. Flauta acompáñame:

Dedos del sonido
En lenguas convertidos,
Conversiones de la lengua
En símbolos, convertidos en piel.

¡Ah!, aplausos pequeñas moscas, ¿no disfrutan de mi misma alegría? Ustedes, piedras,
¿Quieren probar del dulce licor de mi bota?

(Dionisio tiende su bota a las piedras del coro, después entre los propios espectadores)

¡Ah! ¡Con que esperan otra canción! Moscas, ya veremos si después de ésta queda algo de mí dentro de la bota. Algo que ustedes mismas se puedan adjudicar. “Boca abajo” titulé a esta. Viento, acompáñame:

Ponte boca abajo,
Ponte boca abajo una vez,
Tal vez, así sientas
en tu humana presión
Las alas del ángel que sobre ti vuelan:
Mitad humano, mitad palabra.

Coro de hijas de la tierra: ¡Ay! Mira, escucha, es la voz quien habla entre todas ellas: La roca que pende del abismo. Recuerda Sileno, la amada del rayo que pende también a ti te amó. Tiende un poco de tu bota entre los labios de tu hermano, tal vez así recuerde quién es él.

Dionisio.- ¡Insensatas! ¿Les tiendo mi vino y osan interrumpir así mi canto? Alguien debería castigar sus desvarios. Voz para ustedes, criaturas tan innobles, y los castigados somos nosotros, pastores y cabreros del monte. Meses y meses ante su terca presencia.
¡Piedra! ¡Bah! Imaginación imaginada, sin sonidos ni sentidos, la imaginación imagina.
Tengan la bota amigas. ¿Quieren otra canción?

Coro de hijas de la tierra: ¡Ay! Mira, escucha, es la voz …

Dionisio.- ¡Callad! ¡Callen de una puta vez! (Silencio) ¡Ja! Gracias. “Mira, escucha, es la voz quien habla entre todas ellas.” Lo sé, lo sé, ¡lo sabemos! Estoy en el túmulo del antiguo Titán. ¡Qué me importa a mí! Vengan, cabras mías. Cantemos un pean al hijo de Iapeto. Piedras, tal vez quieran acompañarnos.

Coro de hijas de la tierra.- ¡Ay! Mira, escucha, es la voz,

Dionisio.- Soy, les acuso, amarillo mi sol

Coro de hijas de la tierra.-…hablan en todas ellas,

Dionisio.- ¡Ah! Miren ¿Es Hermes ese de ahí?

Coro de hijas de la tierra.-…cadenas se encuentran en todo escrito,

Dionisio.- Mares en tigres, rugidos hermosos en sal,

Coro de hijas de la tierra.-…en cada lengua, nuestra piel es una cadena para el sonido, el silencio,

Dionisio.-…Oriente cuerpo de palabras, cantos y encantos, cantos y rima sin final.

Coro de hijas de la tierra.-…Todo voz debe vivir de su propio viento,

Dionisio.- ¿Soy acaso necio o incoherente? Soy porte sobre sueños y abismos, de la carne

Coro de hijas de la tierra.-…no del humo que las intervenciones del Olimpo y los jóvenes dioses.

Dionisio.- …Occidente soy también, vivo de vivir,

Coro de hijas de la tierra.-…han infiltrado y domeñado en cada pólemos del fuego

Dionisio.-…Viñas que crecen con la luna, crecen y viñan en mí. Alguien me miente

Coro de hijas de la tierra.- Las comunidades del hombre serán

Dionisio.- Callad todos que alguien,

Coro de hijas de la tierra.-…lo que siempre ha sido.

Dionisio.-…alguien se acerca aquí.

Coro de hijas de la tierra.- ¡Ay! Mira, escucha, es la voz, cadenas que se encuentran en cada escrito,

Dionisio.- ¡Callad! Ya las he oído.


Dionisio es quien debe mostrar su camino al héroe. Su propia muerte, su propia divinidad.

El hermano es un vínculo que finca la memoria genética del héroe.

A pesar del teatro, donde ha confundido la identidad del héroe, Hermes tiene que enfrentar la cuenta como primer abogado del escritor Platón. Fueron los primeros en colaborar en la sujeción de la poesía por la filosofía y el poder. El proyecto de Sócrates y Eurípides: La escrituración de la verdad y el poder institucional al servicio del Estado.

A tal punto, no podemos más que buscar reírnos de él en el medio de nuestra propia hermenéutica. Pues que si la poesía no se interpreta, se recibe, la poesía hermética debe ser clara y translucida por sus propias verdades y por la concatenación que la corrección del sentido exige a todo lector en cada dispositivo crítico.

Agua, elemento de Hermes. Mediante sueños atrapó el canto del héroe, cuando él muerte un instante. El agua encierra el secreto. ¿Qué agua? El agua del símbolo. Toda agua encierra la verdad, pero no toda agua puede tomar la palabra. Aquí nos encontramos el juego entre Silencio y Sonido, a quienes falta el brillo de la tierra para volver a reír de nuevo.
Tierra sin ser vista por la luz. Tierra. El fuego de los dioses, el oro, la palabra del poeta, el silencio del titán. El fuego de la tierra su condena. La tierra su hogar mortal.

A tal punto las cadenas se juegan en el sentido total de las letras, el encadenamiento del donador, las cadenas del ser. Lo que lo atan a la tierra y de donde su corazón tiene que volver a latir ante el brillo del sol.

Pero entonces, para que Heracles lo pueda rescatar, se requiere trans-verter las palabras de Hermes en dirección hacia su propia verdad. El canto, la danza y la alegría de cualquier poesía, no sólo la lírica, incluso el lamento, la hermética o la propia jurídica.

Las cadenas se encuentran en todo escrito, en cada lenguaje. El lenguaje mismo es una cadena para las palabras. Todo texto debe vivir de su propio viento, no del humo que las intervenciones de la filosofía y sus especializaciones tecnológicas han infiltrado y domeñado en cada pólemos del fuego y las comunidades del hombre. Lo que siempre ha sido.

Para cada voz humana, todo el viento del sol, para toda palabra humana la eterna promesa de la tierra.

Ahí es donde el agua como conjunto devela y conduce al hombre al dominio de sus propios sueños, no como escritor o creador, como fundador de su propia epoke, él mismo: Verbo divino encarnado.
Pan y Vino del hermano pastor recién venido al drama, sin preocuparse de intrigas o de venganzas. Regalando a su hermano – según Hölderlin– la propiedad de su misión. La hazaña de su propio destino como superhombre.

El sentido total de las letras es el propio abismo donde todas ellas se diluyen para retornar al aullido del origen. El único y total viento-tiempo. El camino a la auto-conciencia de cada poeta, torbellino de día y columna de fuego de noche que guía los pasos de los pueblos por el desierto de la conciencia: Isreal y el viento del último dios.

Totalidad de profecías que han cantado el propio principio para precursar el final de todas las tragedias y lamentos en el día del juicio: El retorno de la filosofía.

Telemaquía 2011.


Heracles encuentra a Dionisio.

Ambos son pastores. Heracles cree que su hermano se ha quedado loco. Dionisio cree que su hermano se ha vuelto loco. Dionisio juega con él, relata grandes hazañas del viento, los árboles y las ardillas.
Heracles cree que todo es culpa de la bota de vino que su hermano porta.
La seducción de Dionisio es la abducción de la bota,
El amor humano que protege la semilla de todo el aliento humano en el cuero de cabra, el amor de los padres y los hijos como amor desconocido, eterno retorno de lo mismo.

Pero ¿cómo será la batalla entre Ares y Heracles?
¿Cómo de la sangre de ambos la tierra vuelve a latir?
¿Cómo brilla el corazón de la tierra ante la muerte de dios?
¿La muerte de la guerra? ¿La paz eterna?
No. La re-instauración del pólemos como política.
Hacia allá debe dirigir, en una próxima Prometeo desencadenado.

Notas del muro de resonancias

Hubo un tiempo de inocencia, 
donde buscábamos conocer
 la mente y su desorden 
en lo  mágico del pensamiento
en el espíritu detrás de la palabra.


Animismo que aùn canta en los vitrales del recuerdo.


Ahora no nos basta el exilio de los sentimientos,
ni el éxodo quebrado de los  pasos 
en el desierto del dìa que se marcha.

Ahora somos del viento
tormenta de existencia
derribando los muros
 blancos
de ignorancia absoluta.
Lloramos en la música del sueño roto
cuando la almohada es ancla y salvavidas
-el seudo-espacio del amor-
Abrazamos vigilias en objetos inertes
hasta hacernos desaparecer
en  ojos sin descanso.
Y de nosotros aùn queda tanto por decir
en el resplandor supremo de la vida
entre el pulso y la voz de aquellas luces
 que nos llaman desde su orfandad...


recorrer la piel del poema es lo que nos falta, para desencadenar la palabra

Y hasta acá llega la palabra de una lejana tierra helada, congelada, encadanada a tanta maravilla para llegar hasta aquí, mis ojos, mis símbolos, mis recuerdos en una tierra aun sin nombre... un poema que recorre toda la piel.
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